Luis Ríos-Álvarez

“Yo diría que nuestra misión es hacer que nuestro pequeño pedazo de tierra sea un poco más hermoso” Jürgen Klopp

Con que algarabía se hicieron eco las publicaciones mundiales, cadenas televisivas, radiales y todo otro tipo de publicación, del nacimiento del bebé del matrimonio inglés perteneciente a la realeza británica.

Nació con todo tipo de cuidados, ya desde su incepción, habiendo sido famoso sin haber, todavía, pisado este mundo. El embarazo de su madre fue seguido paso a paso, comunicándonos hasta de sus diarios vómitos matinales. ¿Cuál será su sexo? ¿Qué nombre llevará? ¿Qué lugar ocupará en la línea de espera al trono?

Seguramente gozará de una vida sin mayores problemas. Tendrá techo y comida garantizada por el resto de su vida, tendrá acceso a buenas fuentes de educación, le asignarán un título real, con todo lo que eso conlleva, es decir transitará por este mundo sin mayores obligaciones.

Diariamente nacen en el mundo, de acuerdo a ciertos estimados basados en diversos censos mundiales, unos 375.000 niños y niñas de los cuales ni nos enteramos a menos que sea un pariente o vecino.

Pero aun más lamentable es que de ese número, en exceso de 20.000 fallecen todos los días por falta de alimentos, escasez de servicios sanitarios y falta de higiene. Muertes prevenibles, en su inmensa mayoría si se implantasen medidas universales de ayuda y protección a los estratos más vulnerables.

Comparado con el gasto diario en armamentos a nivel mundial que asciende a más de U$S 5.000.000.000 (Cinco Mil Millones de Dólares) cuantos niños desnutridos podrían ser alimentados, vacunados y dotados de una chance para sobrevivir con un ínfimo porcentaje de ese inútil dispendio. Cuantos jóvenes descarriados se podrían reintegrar a la sociedad. Cuantos niños soldados podrían dejar las armas y recuperar su infancia y soñar con un futuro. Cuantos podrían tener la posibilidad de llevarse el necesario alimento a la boca. Cuantos tendrían acceso a atención médica hoy inalcanzable para ellos. Cuantos tendrían la posibilidad de asistir a la escuela para convertirse en referentes positivos para las nuevas generaciones.

Parece quimérico intentar alimentar a unos seres indefensos que, en su gran mayoría, ni siquiera habitan el país en que vivimos, perdidos en algún lugar de África o desparramados y abandonados en campamentos para refugiados desplazados, desconocidos por los denominados gobiernos de países desarrollados, aunque deberíamos decir tan solo económicamente solventes, aunque con el ahorro de un par de balas por soldado, guerrillero, etc., por día, ya sería más que suficiente para implementar un fondo de ayuda efectiva. Ni que decir si nos atrevemos a proclamar un desarme total.

Estamos viviendo en una sociedad tóxica que no parece querer demostrar solidaridad con sus semejantes menos agraciados. Los gobiernos no parecen darse cuenta de la gravedad de la situación que se agranda exponencialmente minuto a minuto. Los estamentos religiosos nos regalan con misericordiosos discursos, pero poca acción efectiva. Los organismos internacionales, con su inmensa burocracia, no llegan a cumplir con sus mandatos. Todo queda supeditado a la ímproba labor realizada con intenso esfuerzo por los planteles voluntarios de algunas destacadas ONGs.

Ha nacido un principito y nos enteramos todos, ¿Cuántos niños nacen en condiciones infrahumanas que ni nos enteramos y pasan desapercibidos a pesar de ser los más necesitados?