Luis Ríos-Alvarez 

Parafraseando a Shakespeare, esa es la disyuntiva. El voto es la máxima manifestación democrática de una sociedad con una apreciable cultura cívica llegado el momento de presentarse a las urnas ante la encrucijada que se le presenta para, teóricamente, elegir a los candidatos con más méritos, mejor cualificados, que hayan presentado una plataforma política sensata y que sean capaces de llevarla a cabo en forma legal y honrada.

Lamentablemente de la teoría al hecho hay mucho trecho. Tomemos como referencia la campaña electoral de medio término que se está desarrollando en Estados Unidos (Valedera para casi cualquier parte del mundo).
Las campañas publicitarias de los candidatos en los medios de difusión masiva y robollamadas están encaminadas, en su casi totalidad, a tratar de desprestigiar al oponente ocasional, tendencia que ya se utiliza en las elecciones primarias contra sus propios correligionarios.

Seguramente ahí yace la razón por la cual gran porcentaje de la población no está registrada para votar y de los mismos, se aprecia la gran abstinencia que resulta al final de los comicios electorales.

Frente a tal panorama el ciudadano se ve, en el momento de emitir su voto, ante la alternativa de votar al menos malo o, simplemente, no hacer uso de su potestad como ciudadano de utilizar el sufragio para elegir quien lo represente de la mejor manera para administrar sus intereses y el de sus conciudadanos y conducir su comunidad de una manera honesta y adecuada.

Los políticos hacen de su facultad, otorgada por el pueblo, una carrera profesional que, en vez de ejercer la autoridad y atribución que le confiere esa confianza depositada en las urnas, lo usufructúan para beneficio propio en detrimento de la jurisdicción que representan.

Es tan deplorable su forma de actuar que causa sorpresa y pesares que se puedan mantener en el poder por tanto tiempo, siendo reelegidos una y otra vez, apareciendo como fantasmas del pasado cada vez que se acerca una elección, estrechando la mano de sus constituyentes con una falsa sonrisa muy eficaz para la foto, pero patética, penosa y hasta rayando en lo ridículo.

Pero peor, aun, es que consiguen cifras millonarias para sus campañas financiadas por lobistas de intereses particulares y corporaciones que buscan ser retribuidas con favores especiales para dejar contentos a sus accionistas sin importarles el daño que puedan causar a la población.
Por lo visto últimamente es un problema universal. Gobiernos corruptos que ignoran para que fueron elegidos y su única meta es llenarse los bolsillos sin importarles que es dinero que pertenece a las arcas del pueblo para su bienestar social, educación y sanidad.

Lo más angustioso es que no importa de qué color o ideología son los gobiernos, democráticos o dictaduras, progresistas o liberales, populistas o elitistas, de izquierda o derecha, teócratas o laicos, todos tienen el brazo largo para meter la mano en la lata en desmedro de los conciudadanos.

Tristemente los propios afectados son los que reinciden y los mantienen en los puestos de privilegio.

De cualquier manera, para la generalidad de los votantes, ejercer su derecho de sufragar es uno de los compromisos más importantes que, como ciudadanos, se puedan ejercer, donde cada uno cuenta como un individuo, sin importar condición económica, color de la piel, género, preferencia sexual.

La alternativa es simple: ¡VOTAR!