Lic. María Eugenia Méndez*
El fallecimiento reciente de la artista uruguaya Lola Fernández (Montevideo, 1942-2026) cierra discretamente una de las trayectorias más singulares y silenciosas de la pintura nacional contemporánea. Lejos de los grandes circuitos de legitimación y del ruido del mercado, Lola desarrolló durante décadas una obra de notable coherencia poética, arraigada en la tradición constructiva del Taller Torres García (TTG), aunque transformada con una sensibilidad más lírica y orgánica. Su pintura parece emerger de un espacio interior, un territorio donde paisaje, color, geometría y naturaleza se funden en una misma respiración visual.
Nacida en Montevideo en 1942, inició su formación en el TTG en 1959, estudiando dibujo del natural con José Gurvich. Esa genealogía no es un dato menor. En el universo cultural uruguayo, el Taller no fue solamente una escuela de arte, sino una filosofía de vida, que Lola integró de forma temprana, permitiéndole cimentar su propio lenguaje visual.
Sin embargo, el eje central de su formación y de su vida fue el vínculo con su hermano, el pintor Guillermo Fernández (Montevideo 1928-2007), integrante destacado del TTG y docente del mismo entre 1957 y 1961. Poco después, ya en 1962, Lola se integró a su taller, consolidando una relación artística y afectiva decisiva. Como docente, Guillermo desarrolló una enseñanza basada en una “gramática visual” abierta, donde ejercicios de asociación, contraste, rotación y estructuras múltiples estimulaban la aparición de relaciones formales inesperadas, priorizando la búsqueda personal por encima de la imposición de un estilo. Esa influencia puede percibirse en la estructura compositiva y en la disciplina formal de la obra de Lola, marcada por aquellas enseñanzas.
Al enfrentarse a sus pinturas aparece inmediatamente la impresión de ingresar en un territorio interior. Sus obras no son paisajes en sentido tradicional ni abstracciones cerradas, sino espacios híbridos donde árboles, casas, caminos, aves y figuras emergen y se disuelven dentro de tramas geométricas que buscan un equilibrio delicado y vital. En muchas de ellas aparece además una dimensión narrativa velada que sugiere escenas posibles desde la evocación.
En sus composiciones predominan las estructuras reticulares con fuerte presencia de líneas oblicuas, que generan una dinámica expansiva, como si cada plano cromático estuviera afectado por una luz de orden mental, permeable a la sensibilidad del color.
Precisamente, uno de los aspectos más fascinantes de su pintura es el uso cromático. Sus gamas no obedecen a contrastes violentos ni a grandes dramatismos expresionistas. Son colores trabajados desde la modulación y la transparencia: tierras, verdes, rosas, ocres, azules y naranjas, entonados entre sí, alternando capas de gran levedad y acentos de mayor intensidad, trabajados mediante veladuras y aguadas de extrema sutileza.
En algunas piezas monocromáticas o de paleta reducida —especialmente aquellas en blanco y negro— la geometrización adquiere una densidad casi metafísica. Las formas adquieren un carácter simbólico, como fragmentos de una escritura visual enigmática. Sin embargo, incluso en esos trabajos de paleta más austera permanece una sensibilidad orgánica que evita toda frialdad.
Paralelamente a su obra pictórica, realizó también trabajos en madera donde trasladó su sensibilidad constructiva hacia el objeto, explorando relaciones entre textura, geometría y materia desde una poética igualmente delicada.
Esa misma tradición de enseñanza y transmisión continuó también en su propia práctica docente, desarrollada en los últimos años junto a jóvenes pintores.
Durante años su obra circuló de manera relativamente discreta, sostenida por el reconocimiento de colegas, alumnos y conocedores. En marzo de 2024 integró la exposición colectiva “Ellas. Mujeres de la Escuela del Sur” en el Museo Municipal Juan Manuel Blanes, instancia que contribuyó a renovar la atención sobre su trabajo. Pero sería en octubre de 2025 cuando el Museo Torres García le dedicaría una importante exposición individual, “Formas, color, mundos”, curada por Macarena Montañez y Jimena Perera, cuyo título definía con precisión la esencia de su universo plástico. La muestra permitió revisar su producción en perspectiva y comprender la notable consistencia de su lenguaje. A lo largo de décadas, la artista mantuvo una fidelidad profunda a ciertos problemas visuales: la construcción espacial, la tensión entre figura y abstracción, las relaciones cromáticas, la síntesis poética del paisaje, como variaciones delicadas de una misma búsqueda esencial.
Hoy, ante su desaparición física, su obra adquiere una resonancia nueva. En tiempos dominados por la saturación visual, la velocidad digital y la erosión de los procesos pacientes de formación, sus cuadros ofrecen una experiencia distinta: la posibilidad de detenerse, de contemplar lentamente, de reconstruir internamente un orden sensible.
Quizás allí resida finalmente la singularidad de Lola Fernández. Su pintura nunca buscó imponerse, del mismo modo en que su relación con los otros estuvo marcada por una silenciosa generosidad humana y artística. Construyó, en cambio, un universo de gran coherencia interior, como uno de esos “secretos luminosos del arte uruguayo”: una pintura hecha de equilibrio y delicadeza, capaz todavía de enseñarnos que mirar también puede ser una forma de habitar.
*Investigadora y curadora del Museo Nacional de Artes Visuales.
Docente de la Facultad de Artes, Universidad de la República.