por Juan Carlos Dumas, Ph.D.*
No hace falta ser un Konrad Lorenz, un Félix Rodríguez de la Fuente, o un Vitus Dröscher –por recordar con ustedes a tres grandes etólogos del siglo XX– para reconocer que la vida animal en éste, nuestro maravilloso planeta, se despliega con una plasticidad de recursos sorprendentes. En muchos de los mecanismos de selección, apareamiento, alimentación y supervivencia de especies e individuos dentro de ellas, notamos una certidumbre que más de un ser humano desearía tener: los halcones cazan palomas, no a otros halcones; las jirafas se alimentan de las copas de los árboles, y de ahí su largo cuello; el león se aparea con la leona, no con la chita ni con la hiena.
La especie humana, en cambio, impulsada por un neocórtex más desarrollado y que la torna más inteligente, es en buena medida impredecible. Aunque compartimos muchas conductas preestablecidas con el resto de los animales y a pesar de que nos condicionan funciones cerebrales, hormonales, instintivo-biológicas y evolutivas, la especie Homo demuestra una mayor flexibilidad en su repertorio de interacciones sociales. Es por este espectro más desarrollado a partir de su inteligencia singular que las conductas humanas sobrepasan un mundo animal bastante predecible en el que amigos y enemigos están predeterminados por el equilibrio evolutivo, la supervivencia genética y la continuidad de la vida.
Es cierto que algunos animales se disfrazan, se mimetizan, y hasta “mienten” para lograr sus objetivos de sobrevivencia a como dé lugar, pero es en la especie humana donde vemos una enorme panoplia de recursos para lograr objetivos ocultos, asegurar posiciones en la escala de poder, y, eventualmente, destruir al enemigo. La araña que ha tejido su invisible red para cazar insectos, el camaleón mimetizado con los colores de la rama en la que yace inmóvil, la morena que esconde su horrenda dentadura en huecos submarinos para que no se espante el pez desprevenido, son apenas comparables con la capacidad humana de sentir “a” y proclamar “z”, de arrojar cínicamente la culpa propia sobre la espalda ajena, de reclamar “justicia” y “soluciones” mientras sus piernas permanecen aún atascadas en el fango de sus propios errores, de declamar que le importa mucho el prójimo mientras se pone en el bolsillo los pecunios de su traición a él.
Si usted se pregunta a qué me refiero con tanta alegoría, le contesto que esta plasticidad humana por el engaño es aplicable a tantas esferas de la realidad que este fenómeno es patéticamente cotidiano. Ejemplos: después de la debacle financiera que hizo estremecer al mundo con pérdidas multibillonarias, todavía sus responsables primarios continúan con excusas y maniobras, se resisten a medidas regulatorias imprescindibles para la protección del público, se autoasignan bonos y premios proporcionales a su inoperancia y corrupción, y acusan a quienes tratan de ponerles coto de burócratas y hasta de comunistas. Los bancos que analizan con lupa y rayos equis la capacidad de repago de trabajadores y pequeños empresarios que solicitan créditos, se resisten a ser auscultados por organismos independientes que corrijan y prevengan sus prácticas nocivas mientras continúan usando el dinero público para mantener lobbies que hacen de la democracia americana una utopía y del lobbying un ejercicio de coimas y canonjías institucionalizadas. Lo mismo puede decirse de las otras grandes cabezas de este horrible monstruo siempre hambriento de poder, ya que los lobbies de las industrias de armamentos, de energía, de inteligencia artificial, de “seguridad” y farmacéuticas persiguen en Washington, D.C., y otras capitales agendas que poco tienen que ver con asegurar la vida, la salud o la protección públicas, más bien todo lo contrario.
Aunque se vistan con finos trajes y corbatas alegóricas a nuestra hermosa bandera tricolor, aunque insistan que están defendiendo el proceso democrático y los principios excelsos de igualdad que nos regaló la Revolución Francesa en 1789, su mimetismo no termina de esconder sus torvos intereses ni su estrategia de destrucción. Son camaleones fallidos, morenas con la boca abierta. Esto mientras financian y azuzan cada vez más descaradamente a los seguidores de pseudo movimientos cívicos, religiosos o moralistas que, cual horda de simios enardecidos, gritan y amenazan al asustado público con “guerra civil” y exigen la “recuperación del país” a la sombra siniestra de banderas confederadas –que deberían ya estar prohibidas en todo acto público como las del KKK y las insignias neonazis– y con pancartas de AK47s amenazando al supuesto “enemigo”.
Todavía suenan claras y tristemente proféticas las palabras del presidente John Fitzgerald Kennedy a su esposa Jacqueline antes de emprender aquél nefasto viaje a Dallas en 1963 que resultó siendo mortal: “Querida, hoy viajamos a la tierra de los chiflados”.
*Juan Carlos Dumas es psicoterapeuta, escritor y educador público. Consultor en Salud Mental para la Secretaría de Salud y Servicios Humanos, preside el Comité de Asesoramiento en Salud de North Manhattan y el Centro Hispano de Salud Mental en Queens.