por Juan Carlos Dumas, PhD
“El escribir se transforma en tu refugio: para expresarte, para tranquilizarte, para purificarte”
Gulzar: Poeta y cineasta hindú

“Pero doctor, un poquito de agua a la leche no le hace nada.” Así afirmaba un descarado distribuidor de leche para las escuelas de una municipalidad de la provincia de Buenos Aires donde mi finado primo, el médico Emilio Nicolini, estaba a cargo del control bromatológico de esa zona hace unos 50 años, mientras le pasaba un sobre con la consabida coima, esperando que el doctor la recibiera e hiciera la vista gorda a la ilegalidad de aquel repartidor.

Como en tantas partes del planeta donde se manejan cifras sustanciales de dinero y hay espacio para la corrupción, vendedores, proveedores, agentes y distribuidores de cualquier índole aprovechan la situación para tentar a quienes tomarán la decisión de aprobar o no dichas entregas o servicios. De hecho, podríamos medir la salud moral de un país en la medida en que sus ciudadanos acepten o promuevan dichas “mordidas” que obviamente benefician a quienes la reciben –al menos económicamente– y ponen en riesgo la salud, la seguridad o el bienestar de la población a la que intentan esquilmar con su anuencia.

En el caso de mi primo, aquel vendedor de leche se encontró con un hombre que no tenía tolerancia alguna para estas maniobras que se salen de la legalidad; quizá porque había sufrido en carnes propia la discriminación de haber sido sobrino de un gran aliado e íntimo amigo de Eva Perón, Oscar Nicolini, quien fuera Director General de Correos y Telecomunicaciones en el primer gobierno de Juan Domingo Perón y quien acompañara a Evita hasta en su lecho de muerte. Repetidas veces mientras estudiaba la carrera de medicina en la Facultad de Buenos Aires, mi primo recordaba que algunos profesores le preguntaban si él era familiar de aquel funcionario y de inmediato lo bochaban, sonrisa maléfica de por medio, independientemente del conocimiento que el joven exhibía en la materia, demorando su graduación un buen par de años.

Soy consciente que éste no es el ámbito para brindar mi opinión política acerca de aquellas turbulencias de los años 40 y 50, y sé que encontraremos dividida casi por la mitad la impresión de los argentinos acerca de ellas, tal como hoy en día parece haberse cortado por la mitad la opinión pública respecto de nuestra actual presidencia norteamericana o la argentina. Pero sí pongo el acento moral en que aquel tío de mi primo a quien obviamente no conocí, fue detenido apenas ocurrido el golpe militar de 1955, la así llamada “Revolución Libertadora”, para ser torturado y asesinado al día siguiente de mi nacimiento, el 8 de agosto de 1956, básicamente por haber sido íntimo amigo y confidente de Evita y del General Perón. Todavía recuerdo que mi tío, el padre del médico del cual estoy hablando, un ser humano intachable y comprometido con el servicio público toda su vida, me contaba cuando yo era adolescente que había tenido que firmar la entrega del cadáver de su primo, diciendo que el director había tenido una neumonía mortal porque de lo contrario no le habrían entregado el cadáver del torturado para poder enterrar lo que quedaba de él.

Se vivieron muchos trágicos episodios como éste en la Argentina y en tantos otros países de Latinoamérica y el mundo en los que, mientras esto escribo, siguen activos arrestos y detenciones promovidas por razones políticas, la tortura y la desaparición de personas, monstruosidades que, en mi optimismo irremediable, creo que futuras generaciones comentarán del mismo modo como hoy nos cuesta creer la práctica difundida de la esclavitud o la brutalidad del circo romano y del entusiasmo de la población que vitoreaba tanto derramamiento de sangre sin el menor prurito moral.

El ejercicio de la función pública en cualquier nivel y en todos los estamentos de un gobierno democrático, el ejecutivo, el legislativo y el judicial, debería presuponer que aquellas personas a quienes se les ha encomendado la enorme responsabilidad de tomar decisiones por los demás, lo hagan guiados por el bien común y la ley, y no por mezquinas intenciones, por prebendas, rifando puestos al mejor postor, aprobando legislaciones y normas que favorecen al amigo o empresa de turno ‘comisión’ de por medio. El daño de estas conductas es inconmensurable, no sólo porque la corrupción erosiona a los países y a sus entidades sino también porque las desprestigia de manera tal que cada vez hay más personas a quienes escucho decir, con todo respeto, la misma tontería: “la democracia no sirve”, o “la política es una porquería”, y también, “todos los políticos son corruptos”, y comentarios similares que alejan, especialmente a la juventud, a considerar la función pública en cualquier nivel y espantan a una enorme masa de votantes de las urnas.

Habrá usted además escuchado la pregunta: “¿Para qué vamos a votar si nada cambia?” Bueno… Si leemos la historia de las democracias recientes veremos que estos comentarios son tan falaces como peligrosos. Decía un sacerdote amigo hace unos años: “La victoria del demonio es que ha logrado convencer a la gente de que él no existe.” Yo, en demonios no creo, pero el comentario vale para ilustrar que, si no tenemos algún aspecto de la realidad en el horizonte de nuestro análisis, como en el tema eleccionario, se nos va a escapar la cuestión toda y, peor aún, perderemos los pequeños márgenes de libertad que, aunque fuertemente condicionada, se manifiestan en el ejercicio del voto ciudadano. Es éste la pequeña voz de todos y cada uno, un cómputo masivo capaz de generar cambios, si no radicales, incrementales, marcar tendencias, influir decisiones, hacerle saber a los gobernantes de cualquier partido y color que estamos en desacuerdo o no con sus gestiones.

Volviendo al tema de la corrupción con el que comencé mi nota, creo taxativamente que la persona corrupta, sea ella rey, presidente, primer ministro, o juez de la Corte Suprema, debería quedar inhabilitada de por vida en su intento de ser reelegida. ¿Qué se puede esperar de quienes gobiernan con total descaro y utilizan la función pública para su enriquecimiento personal y familiar sino más de lo mismo? En todos nuestros países ha habido entuertos y acuerdos por debajo de la mesa, decisiones tomadas entre gallos y medianoches, esquemas latrocinantes que se revelan eventualmente cuando ya es demasiado tarde para impartir justicia, pero cuando se realizan a la luz del día, sin siquiera intentar darles un sesgo de legalidad, ya estamos en la antesala de la debacle. Evitemos que ganen la batalla cultural, científica, moral y política los detractores de la educación, los que insisten en desprestigiar la medicina y el uso de vacunas necesarias para la salud, los que reniegan de todo acto de justicia social en favor del “sálvese quien pueda”, el “tanto tienes, tanto vales,” y los que siguen priorizando ganancias trimestrales sin consideración alguna por el bien común. Hoy más que nunca hace falta unir voluntades para librar las enormes batallas que requieren el esfuerzo y el consenso humanos: la protección del medio ambiente, la regulación de inteligencias artificiales desbocadas, la normalización del quehacer democrático y el asegurarle el pan de cada día a una mayoría cada vez más desesperanzada.

Hagamos oír nuestra voz a través del voto, aquí en los Estados Unidos el próximo mes de noviembre y en octubre del año próximo en la Argentina, porque, al final del día, todavía vivimos en una democracia y es imperiosa la necesidad de defenderla a través de nuestro derecho y nuestra obligación moral de ejercerlo.

*El doctor Juan Carlos Dumas, psicoterapeuta, exprofesor universitario y educador público, quien además es colaborador de nuestro periódico desde hace cerca de 30 años, nos invita a su nuevo ciclo de segmentos culturales e históricos breves que pueden ser vistos semanalmente en varios sitios internáuticos como YouTube, Instagram, TikTok y Facebook. Con narraciones históricas y culturales breves dado el formato de estos medios, Dumas intenta reflejar aspectos diversos y originales de la historia y de la cultura de este mundo tan fascinante en el que vivimos, con el objetivo de que los participantes aprendan cosas nuevas y las disfruten también.

Bajo el título “Viajero con Historia”, invita al público a verlos y realizar comentarios en estos segmentos de una relevancia cultural a veces ausente en los medios. Dumas es de la opinión de que, sin historia, sin el conocimiento de las variables histórico-culturales desarrolladas a través del tiempo, perdemos en buena medida la comprensión plena de la realidad actual. Su proyecto, nos dice, aspira a reflejar la conexión entre lo histórico, lo artístico y lo cultural y aquellos elementos de la actualidad que se comprenden mejor desde el lente de la Historia.

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