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LA ENERGÍA DE UN LÍDER JOVEN,

 ORGULLO NUCLEAR ARGENTINO


Cristian Farinola

La Central Nuclear Atucha II es un símbolo de soberanía energética y excelencia técnica en la región. Orgullo nacional. Cada Parada Programada —un proceso planificado en el que el reactor se detiene de manera controlada para realizar mantenimiento, inspecciones y mejoras en diferentes áreas— moviliza a miles de trabajadores para asegurar que la energía vuelva a fluir con seguridad hacia millones de hogares.

En ese escenario, Nicolás Lazzaretti, Subgerente de Mantenimiento, representa la nueva generación de ingenieros argentinos que conjugan rigor técnico, liderazgo humano y compromiso con los más altos estándares internacionales. Su labor no solo garantiza la confiabilidad de la planta, también proyecta a la Argentina como protagonista en el ámbito nuclear mundial.

Detrás de esa responsabilidad inmensa, rodeado de tecnología de avanzada y la complejidad que implica una central nuclear, habitan también gestos sencillos que hablan de su calidad humana. Como ese mate de chapa amarillento, humilde y desgastado por los años, que descansa con orgullo sobre su escritorio en el segundo piso del edificio conocido como UYA, en la Central Nuclear Atucha II. El metal conserva aún el calor de tantas cebadas, el murmullo de madrugadas de estudio y charlas compartidas. Es el mismo que lo acompañó siempre desde que se graduó en 2008 como Ingeniero en Automatización y Control en la Universidad de Quilmes.

La oficina es un reflejo de su vida profesional. Conviven manuales de seguridad con los de liderazgo y confiabilidad de equipos; algunos abiertos, otros llenos de notas. En las paredes cuelgan distinciones de la industria y una medalla que brilla y reza: “Cultura de Mejora Continua”, entregada por WANO-INPO, la organización internacional con sede en Atlanta, EE.UU., que vela por la excelencia y la seguridad en las centrales nucleares del mundo. En un pizarrón se despliegan los desafíos. Tareas, prioridades y situaciones por resolver. No son simples anotaciones. Es la hoja de ruta de un esfuerzo colectivo, un mapa nuclear trazado por un ingeniero joven, inquieto y con visión. Un faro que guía e ilumina a trescientas personas bajo su responsabilidad, donde cada decisión impacta en la seguridad y en la energía que volverá a fluir hacia millones de hogares argentinos cuando el reactor retome su marcha.

Este proceso de mantenimiento mayor es un verdadero despliegue de gran escala técnica. Con miles de trabajadores movilizados, decenas de obras que avanzan en paralelo, sistemas que se detienen para ser revisados pieza por pieza y puestos nuevamente a punto. Es una coreografía industrial de coordinación y precisión, donde cada movimiento cuenta y cada tarea se enlaza con la siguiente para asegurar que, al final del recorrido, el reactor recupere su pulso luego de 56 días de pausa programada.

Buena parte de esas obras están bajo la mirada y conducción de Nicolás Lazzaretti, que no solo coordina equipos y anticipa problemas, sino que imprime el rigor técnico y la seguridad como sello en cada procedimiento.

Su historia comienza en Ramallo, la ciudad que lo vio crecer a la vera del Paraná de las Palmas, el mismo río cuyas aguas hoy ingresan por potentes turbinas instaladas en la casa de bombas. Las mismas aguas que alguna vez fueron paisaje de su infancia hoy refrigeran el reactor. Allí, de la mano de su padre, aprendió a desarmar, armar y restaurar motores de lanchas y embarcaciones. Entre herramientas, olor a aceite y combustible, descubrió que la técnica no es solo conocimiento, también es tener la paciencia para saber escuchar cómo late un motor. Esa escuela doméstica fue el primer laboratorio de un prometedor ingeniero.

Cuando Atucha II era apenas un proyecto monumental, Lazzaretti estaba allí, dentro de la esfera de acero y concreto, ajustando piezas, ensamblando componentes críticos y sembrando futuro. Conoce, siente y respira la planta. No es solo su lugar de trabajo, es su patio trasero, su casa misma. Cada rincón le resulta familiar, cada sonido es parte de su vida. Allí conviven la técnica y la pasión, la rutina y el desafío.

Su universo siempre fueron las esferas de Atucha. Desde el principio, esas estructuras imponentes se alzaron como constelaciones en la llanura limeña, a 100 kilómetros del Obelisco porteño. Más tarde, en el área de Instrumentación y Control, aprendió a leer la central como un astrónomo descifra el cielo: con paciencia, precisión y asombro. Entre tableros y pantallas, la planta se revelaba como un firmamento, y él como su intérprete incansable.

Hoy, como Subgerente de Mantenimiento, se anticipa a todo. Es el primero en llegar al sitio, cuando la luz del amanecer apenas toca las estructuras de la planta. Recorre cada recinto, atento a cada detalle, escuchando el pulso de las máquinas. Monitorea un sello y lo registra en una foto; observa una bomba como quien se detiene ante un cuadro, descubriendo en sus formas un lenguaje propio; repasa un plano. Cada gesto es parte de una coreografía invisible que asegura que la planta funcione con precisión. Temprano en la mañana, antes de que el resto de los equipos se concentre en sus tareas, ya está en movimiento, recorriendo las obras para luego asistir a la reunión de Enfoque Operativo y transmitir a las diferentes áreas los pasos a seguir.

En la sala están presentes todos los altos mandos para darle continuidad al futuro energético argentino, reunidos en una ceremonia cotidiana de la industria nuclear. Un ritual de precisión donde se repiten, casi como mandamientos, los principios de la energía cuyo escudo proclama: “La Seguridad Primero”

Al finalizar el encuentro regresa al campo, habla con los equipos, su gente, detecta lo que falta, decide lo que se hace primero y lo que puede esperar.
Quienes lo ven caminar por la planta lo reconocen como un verdadero líder en el campo. “Nicolás no solo sabe de máquinas, sabe de personas. Eso lo hace distinto”, comenta un técnico. Otro colega agrega: “En la reunión de Enfoque Operativo, su palabra pesa porque habla desde la experiencia

Con 300 personas a su cargo, Lazzaretti se mueve como un verdadero Leónidas moderno. Su actitud es firme y cercana, consciente de que la seguridad es la primera prioridad y que la cultura organizacional se construye todos los días. Su forma de liderar refleja los principios que organismos internacionales promueven en sus manuales, como la presencia activa en el campo y la prevención de errores como práctica cotidiana. Todas estas cualidades convierten a Lazzaretti en un líder auténtico, cercano y confiable, capaz de inspirar respeto y compromiso diario.

Ese mate de chapa amarillento, humilde y gastado por el tiempo es un testigo fiel y silencioso de cada desafío. Lleva el brillo por dentro, como si en su interior guardara la energía de tantos años, recuerdos y momentos. Como el río que lo vio crecer entre motores, lanchas y embarcaciones en Ramallo, y como la esfera de Atucha II, que lo vio convertirse en parte de su propia historia. En ese mate, como en la planta, late también su propia vida: sencilla en apariencia, pero profunda, constante y cargada de memoria.