Cristian Farinola

En la Central Nuclear Atucha II, Casa de Bombas se convierte en escenario de precisión y fuerza. Allí, Lucas Aguilera y su equipo enfrentan el desafío de intervenir la PAC 20, una bomba de 38 toneladas cuyo desmontaje, limpieza y reinstalación requieren coordinación milimétrica y trabajo en equipo. “Cada trabajo es un desafío y como equipo nos gusta buscar siempre la mejora continua”, dice Aguilera. Hablamos con el Supervisor de Mantenimiento Mecánico sobre un trabajo que pocos ven pero que es vital para el funcionamiento de la Planta.

En su escritorio, Lucas Aguilera exhibe una pequeña obra de arte de su autoría. Sus compañeros en el primer piso del edificio UYA II la bautizaron “La Atuchita de Oro”. Es un suvenir delicado que condensa en miniatura la silueta de la central nuclear. Esa pieza nacida de un hobby —que con el tiempo se transformó en una pequeña Pyme dedicada a la impresión 3D de maquetas, engranajes y objetos personalizados—convive con su oficio cotidiano como Supervisor de Mantenimiento Mecánico en la Central Nuclear Atucha II.

El contraste es tan elocuente como inevitable. Una miniatura dorada que cabe en la palma de sus manos frente a bombas colosales que bombean el agua del río y sostienen el arranque de la central. Entre lo pequeño y lo monumental, entre el arte y la técnica, se dibuja la identidad de Aguilera, un hombre que entiende que la energía no solo se mide en megavatios, sino también en pasión, rigor y creatividad industrial.

Sus funciones abarcan desde revisar paquetes de trabajo, coordinar tareas con otros departamentos, confeccionar instrucciones internas específicas y asegurar el abastecimiento de repuestos. Pero la más importante es su rol como nexo directo con el operador de turno en la sala de control, garantizando que cada movimiento de su equipo esté alineado con la operación segura y confiable de la planta.

La intervención de la PAC 20, de marca Halberg y equipada con un motor Siemens, se realizó con éxito, manteniendo los altos niveles de desempeño que caracterizan a los profesionales nucleares, comprendiendo los riesgos asociados y aplicando las medidas pertinentes para gestionarlos. Aguilera conoce ese lugar como pocos, para él ya no hay secretos. Ha desmontado estas gigantescas bombas en cuatro ocasiones, cada vez enfrentando el desafío de coordinar izajes y reparaciones de una de las bombas más grandes e imponentes de la región. “Cada reparación es especial y diferente a la anterior”, afirma. Esa experiencia operativa le dio aprendizajes clave como la importancia del trabajo en equipo y la coordinación con otros sectores.

 
Lucas Aguilera junto a todo su equipo de Mantenimiento Mecánico durante la intervención de la PAC 20 en Casa de Bombas de la Central Nuclear Atucha II.

Técnico electromecánico formado en el Instituto Vanguardia de Zárate, pronto cumplirá veinte años en Atucha, donde comenzó con trabajos en el área de Robótica. Desde entonces, su rol evolucionó hasta convertirse en Supervisor de Mantenimiento Mecánico, liderando equipos que mueven y reparan componentes críticos de hasta cuarenta toneladas. “Siempre estoy muy orgulloso de mi equipo de trabajo”, afirma Aguilera que coordina un grupo compuesto por seis técnicos de mantenimiento mecánico, además de gruistas, ayudantes y señaleros. Bajo su liderazgo, el equipo se organiza para garantizar la continuidad operativa, la seguridad en las maniobras y la eficiencia en las tareas de mantenimiento.

Según la magnitud de la tarea, la dotación puede ampliarse hasta quince trabajadores. Para Aguilera, la seguridad es la primera regla: cero accidentes. Sabe que la comunicación efectiva es su mejor aliada. Las reuniones previas al trabajo, los entrenamientos constantes y el aprendizaje derivado de la experiencia operativa garantizan que cada movimiento se ejecute con precisión y sin incidentes. “Velar por la seguridad del grupo y de los componentes de planta siempre es un desafío”, enfatiza con convicción.

Bajando la barranca de 200 metros, el camino nos conduce a un entorno donde el Sitio se entrelaza con la naturaleza. En el horizonte se extiende el río Paraná, más allá, el muelle que alguna vez recibió los grandes componentes de la central. Un barco interminable con bandera italiana surca las aguas con calma hacia el puerto de Zárate, muy cerca de Atucha. En el canal de toma de agua, las garzas revolotean con elegancia, mientras los teros, siempre atentos, vigilan el ingreso de los equipos que llegan al lugar. Allí se alojan con estirpe las tres PAC, con su color anaranjado convertido ya en una marca registrada, y en su frente la etiqueta que identifica su origen: Siemens.

Desde abajo, se distingue la esfera majestuosa de Atucha II, símbolo del desarrollo nuclear argentino y del compromiso con la energía limpia y segura, que se eleva sobre el paisaje como emblema del esfuerzo colectivo de cientos de trabajadores.

El UPC como se lo conoce al edificio de Casa de Bombas no tiene el glamour de la sala de control ni el misterio del reactor, pero es esencial ya que es el primer eslabón en la cadena que permite generar energía. Todo empieza en el río. Sin ese paso, nada más puede funcionar. Sin agua, no hay movimiento; sin movimiento, no hay energía.
En ese escenario comienza el circuito nuclear argentino, donde el agua del río ingresa por el canal de toma atravesando profundas rejas y pesadas compuertas hasta pasar por gigantescos filtros para que luego la poderosa PAC impulse el flujo de agua hasta llegar al condensador y seguir su recorrido por el circuito secundario. Finalmente, el agua regresa al mismo río, cerrando un ciclo que parece eterno, como si el Paraná respirara junto a Atucha.

Al final de la conversación, Aguilera deja una reflexión que resume la esencia de su tarea: “Mantenimiento Mecánico es un área poco visible, pero esencial para la planta. Sin nosotros, la Casa de Bombas no late, y sin ese pulso, la central no genera energía.”

El Paraná es un testigo siempre presente de Casa de Bombas. Su energía se convierte en movimiento. Allí, donde las garzas levantan vuelo y los teros vigilan la ribera, late el corazón invisible de Atucha, donde se inicia la cadena que permite generar electricidad limpia y segura para millones de argentinos. Lucas Aguilera lo sabe y ya es parte de ese entorno, del río, donde todo nace, donde todo vuelve, donde todo comienza… y donde la energía se transforma en futuro.