Cristian Farinola
Leonhard Jrion fue uno de los protagonistas de la puesta en marcha de Atucha I, el hito nuclear que en los años 70 posicionó a la Argentina a la vanguardia mundial dentro de la industria nuclear. Por entonces, Ingeniero y subdirector de Siemens—compañía fundamental para el desarrollo nuclear argentino—, Jrion tomó la decisión pionera en 1973 de traer hafnio desde Francia, un metal poco común pero decisivo ya que, al integrarlo en las barras de control, logró que estas absorbieran neutrones con gran eficacia, garantizando la estabilidad del reactor y marcando un hito en la historia nuclear argentina. Cincuenta años después, regresó a la Argentina para reencontrarse con un lugar que lo marcó para siempre.
Un visitante inesperado y lleno de historia
La mañana en la central nuclear Atucha I transcurría con normalidad hasta que, sin aviso previo, un visitante alemán se presentó en la recepción. La sorpresa fue mayor al saber que aquel visitante de 83 años había partido desde el clásico Hotel Savoy de Buenos Aires para llegar directamente a la recepción de Atucha I.
Poco a poco fue contando parte de su historia. En un momento extendió su mano hacia la cartera y sacó su credencial de 1973, guardada con el mismo cuidado con que se preserva un documento en un archivo histórico. Junto a ella, mostró una tarjeta de Siemens que acreditaba su rol en la compañía que convirtió a la Argentina en el tercer país del hemisferio occidental —después de EE.UU. y Canadá— en tener una central nuclear de potencia.
Tras realizar los protocolos de ingreso, Leonhard Jrion atravesó el primer portal que lo invitaba a reencontrarse con su pasado. Y así fue: al salir del portal caminó unos pasos y, al abrirse la puerta automática se encontró con el ombú que había sido plantado en 1968, cuando la central comenzaba a levantarse. Allí estaba el arbusto más grande de nuestras pampas, convertido en un testigo silencioso del crecimiento de Atucha y de las décadas transcurridas. Se detuvo frente a él, lo reconoció y tomó su primera fotografía. Luego seguimos, subimos la rampa y, al final del pasillo, sus ojos se iluminaron al ver la emblemática esfera de Atucha I, que en la actualidad se encuentra en plena extensión de vida. Habían transcurrido cincuenta años.
El legado técnico
Su participación más destacada fue en las barras de control, componentes esenciales para la seguridad y regulación del proceso nuclear. Uno de sus aportes más significativos fue la decisión pionera de importar hafnio. Gracias a esta propiedad, el hafnio se convirtió en un material clave para las barras de control, mejorando la seguridad y prolongando la vida útil del reactor. Aquella importación, realizada por primera vez en el país, marcó un precedente tecnológico que aún hoy forma parte del legado de Atucha I.
Sergio Zanni, Sebastián Arralde, Leonhard Jrion y Mario Fonseca en la sala de conferencias de Atucha
La extensión de vida y el presente
Hoy, Atucha I se encuentra bajo un programa de extensión de vida que le permitirá operar por otros veinte años. Durante la visita, Jrion recorrió la sala de control, las turbinas y distintos recintos, acompañado por personal de la planta, entre ellos los ingenieros Mario Fonseca, Sergio Zanni, Nicolás Lazzareti y Sebastián Arralde. Al final del recorrido, Juan Pablo Nolasco, Gerente de planta de Atucha, lo recibió en su oficina para obsequiarle un presente como reconocimiento a su aporte histórico.
Al despedirse, resumió la experiencia con una frase que conmovió a todos: “Esto es como si hubiese sido ayer. Para mí fue un placer volver a estar aquí. Es parte de mi pasado, de mi vida.”
Se despidió de todos, bajamos y fuimos caminando hasta la salida. Pero antes miró la esfera por última vez, quizás la última como para cerrar un ciclo y cruzó el portal. Así culminaba un recorrido que fue tan inolvidable como aquel primero, en 1973, cuando Atucha I comenzaba a escribir la historia nuclear argentina.