por Juan Carlos Dumas, PhD*
Pocas figuras en la Historia de la Humanidad son tan extraordinarias como el nieto del fundador del Sacro Imperio Romano Germánico, Federico Barbarroja, e hijo del emperador Enrique VI de Suabia y de un matrimonio que su astuto abuelo había ideado para unir su imperio de la dinastía Hohenstaufen con la dinastía normanda de Roger II, el primer rey de Sicilia luego de que su padre, el conde Roger, expulsara a los últimos moros de Sicilia. Estos habían gobernado la isla como Emirato de Sicilia por casi 200 años, desde la toma de Taormina en el año 902 hasta la caída del último bastión sarraceno por tropas normandas en la ciudad amurallada de Noto en 1091.
El casamiento de la hija del normando Roger II, Constanza I, con el hijo de Barbarroja, Enrique VI Hohenstaufen en 1186, alió estas dos poderosas familias, la Suabia alemana con la normanda de Villalta –Hautville en francés–, lo que fue la boda del siglo. Lo que importaba en aquella época eran las alianzas de reyes y príncipes sin mayor consideración de los sentimientos o de la atracción de parejas que en media parte del mundo son la llave para comenzar la vida matrimonial hoy en día, especialmente en Occidente. Federico II, el hijo de aquella pareja real, tenía 14 años y su esposa, Constanza de Aragón –hija de los reyes de Castilla y Aragón–, tenía 30, pero respondieron a la convocatoria de sus padres y abuelos para proseguir la unificación de ambos reinos.
El liderazgo del Barbarroja fue indiscutible: organizó la Tercera Cruzada, una de las ocho que intentaron la recuperación de los llamados Santos Lugares, específicamente Jerusalén, Nazaret y Belén, de manos musulmanas, junto al rey Enrique II de Francia y a Ricardo I de Inglaterra, a quien mejor conocemos como Ricardo Corazón de León. Él era un Plantagenet nacido en Oxford, pero criado en Francia, mucho más francés que otra cosa: apenas hablaba inglés sino el occitano y el francés y vivió en Inglaterra solo por seis meses de sus agitados 41 años de vida. Barbarroja, por su parte, no llegó al Medio Oriente en su portentosa cruzada, ya que murió a los 68 años, ahogado al cruzar a caballo un río en Turquía. Se dice que fue el peso de sus armaduras los que le impidieron sobrevivir al cruce.
A propósito de la Tercera Cruzada, llamada la Cruzada de los Reyes, combatían con un hombre también extraordinario, Saladino –Salah-ad-Din, lo que significa “la rectitud de la fe”–, quien había logrado la toma de Jerusalén después de 88 años de dominio cristiano en la pulverizarte batalla de Hattin en el año 1187. Por supuesto que se combatía en aquella época hasta matar o morir, hasta podríamos decir de una manera más noble en el sentido de que los combates eran en general cuerpo a cuerpo y no se mataba a distancia como hoy en día, excepto por el uso de catapultas, arietes, dispositivos incendiarios, arcos, flechas y algunos otros astutos ingenios de la guerra. De hecho, cuando Saladino se enteró que el rey Ricardo Corazón De León había perdido su caballo en batalla, le hizo llegar dos hermosos sementales árabes, esgrimiendo la famosa frase: “Un rey no puede batallar de a pie.” La generosidad de Saladino fue tal que, enterado de que Ricardo estaba muy enfermo –quizás por escorbuto o alguna infección severa–, le acercó a su campamento hielo traído de las montañas y frutas frescas para que se recuperara. La enfermedad de Ricardo se hacía cada vez más fuerte y dicen las crónicas de la época, había perdido las uñas y el cabello, aunque no murió en la Tercera Cruzada sino de gangrena a los 41 años en 1199, en su amada Aquitania, Francia, en los brazos de su madre, la duquesa Leonor y futura reina de Inglaterra y de Francia.
En Sicilia, los 200 años de dominio musulmán influyeron para que mucha gente se apropiara del nombre “Saladino” como señal de prestigio y honorabilidad, aunque no tuvieran una genealogía directa con aquel sultán fundador de la dinastía Ayubí. Este hombre, quien, a diferencia de tantos cristianos templarios que actuaban salvajemente, robando y asesinando sin el menor reparo, ordenó a sus soldados no mancillar los templos cristianos, permitió a los prisioneros cristianos comprar su libertad y también realizar sus oraciones en sus “santos lugares”, a pesar de que estaban bajo dominio islámico. Tal fue su prestigio de hombre honorable que Dante Alighieri ubicó a Saladino en el “limbo” en su obra cumbre, La Divina Comedia, ese lugar para las almas justas que no habían sido bautizadas pero que tenían una gran nobleza como este gran unificador del islam.
Igual de extraordinario fue también el hecho de que Federico II Hohenstaufen, quien llevó a cabo la Sexta Cruzada, lo hiciera de manera pacífica y diplomática, como nunca se había visto en la historia del medioevo. Logró un tratado de paz y de convivencia con el sultán de Egipto al-Kamil, también de la dinastía Ayubí. El tratado de Jaffa le permitió a Federico retomar esos sitios para la cristiandad sin derramamiento de sangre, permitiendo asimismo la libertad de culto a los musulmanes y sus visitas al Domo de la Roca y a la mezquita de al-Aksa y esta tierra, aún hoy tan llena de odio y violencia, vivió un efímero oasis de paz.
Como Federico II había logrado estos acuerdos de paz en 1229 con el sultán egipcio sin derramamiento de sangre, los cruzados lo rechazaron tajantemente aduciendo que no se podía ganar Jerusalén sin que hubiera sangre… Mientras tanto, el papa Gregorio IX organizó un ejército para desplazar a Federico de su reinado de Sicilia, fracasando rotundamente cuando el emperador retornó a la isla y venció a los ejércitos papales y a los barones que habían conspirado contra él. El papa, al fin, le levantó la ex comunica y se firmó un acuerdo de paz, el famoso tratado de San Germano de 1230, por el que Federico II logró el sueño rehabilitador de su abuelo, esto es, de que se reconociera al Imperio Romano Germánico como sagrado o Sacro, el sueño del fundador histórico del imperio y unificador de todas las tribus germánicas, Otón I, en el 962. La iglesia logró por su parte independencia en la selección de sus obispos, la excepción de pagos de impuestos y la creación de tribunales eclesiásticos para juzgar a los miembros de la curia, en vez de tribunales de justicia común.
Siguieron años de paz y de grandes éxitos para este hombre fuera de serie, tan educado y políglota que hablaba seis idiomas, incluyendo el árabe, y que pasó a la Historia con el apodo Splendor Mundi, el asombro del mundo… También aumentaron el mito las excentricidades que lo rodeaban. Por ejemplo, Federico II, excomulgado como su abuelo Barbarroja, gustaba vestirse con ropas orientales, marchaba por Europa con su séquito de consejeros internacionales y un harem de entre 20 y 50 mujeres de varias etnias, blancas, sarracenas, y orientales, provocando el enojo de muchas figuras religiosas de la época. Además, su caravana era, por decirlo de alguna manera, circense: llevaba el elefante y la jirafa que le habían regalado el sultán al-Kamil, además de panteras, leones, osos blancos, camellos, halcones y leopardos entrenados para la cacería, todo un espectáculo de esplendor y magnificencia totalmente inusual para el siglo XIII.
Como a figuras como el emperador Federico II Hohenstaufen no las detiene la muerte, en la reapertura de su magnífico sepulcro en el año 1781, ubicado en el Palacio de los Normandos en Palermo, la actual sede del Parlamento Regional de Sicilia, se descubrió que además de los restos de su bisnieto, Pedro II de Sicilia –lo cual era no muy inusual en aquellas épocas, ya que no había un sepulcro digno para el rango de Pedro cuando falleció repentinamente en 1342–, también yacía el cadáver de una mujer junto al gran emperador, posiblemente su amante favorita, Bianca Lancia, o bien alguna princesa de la casa de Aragón perteneciente al linaje de Pedro. Un hombre, en suma, que dio de qué hablar durante toda su vida y aún después de su muerte, definitivamente merecedor del apodo: “El Asombro del Mundo”, Splendor Mundi.
*Juan Carlos Dumas es psicoterapeuta, escritor y educador público. Consultor en Salud Mental para la Secretaría de Salud y Servicios Humanos, preside el Centro Hispano de Salud Mental en Queens, y fue presidente del Comité de Asesoramiento en Salud de North Manhattan por dos décadas.