José Rivera
En Lacuna, escrita e interpretada por Catalina Cofone Polack, el límite entre la actuación, el ensayo, la memoria y la crisis se disuelve en algo crudo, consciente de sí mismo y sorprendentemente contemporáneo. Presentada como una defensa de tesis y un experimento teatral, la pieza se resiste a una categorización clara, lo cual es apropiado para una obra obsesionada con los vacíos, las fracturas y la inestabilidad del significado mismo. Desde el principio, Lacuna sitúa a su audiencia no como observadores pasivos sino como coarquitectos.
Tomando prestado estructuralmente de Hopscotch y temáticamente de Inferno, la actuación invita a los espectadores a determinar la secuencia de recuerdos a través de un sistema de lotería. Este dispositivo interactivo es más que un truco; se convierte en la metáfora central de la velada. La memoria, sugiere Cofone Polack, no es lineal ni soberana: se ensambla colectivamente, a menudo de manera arbitraria y siempre de manera incompleta. En el centro está “C.”, una figura de artista semiautobiográfica atrapada en la parálisis de la creación en vísperas de una fecha límite académica. La actuación de Cofone Polack es físicamente rigurosa y emocionalmente descuidada, oscilando entre la repetición obsesiva y momentos de sorprendente claridad. Su presencia ancla la producción incluso cuando la obra desestabiliza deliberadamente la cohesión narrativa.
Apoyándola hay dos manifestaciones del subconsciente: Virgilia -representada por Hannah Pederson-, una extravagante guía metateatral con el espíritu de un caótico Arlecchino, y Memi -representada por Ceridwen McCooey-, una violonchelista inquietante cuya música en vivo subraya la arquitectura emocional de la pieza. Virgilia, interpretada con humor mordaz y precisión, ofrece el comentario más agudo de la obra, atravesando tanto el sufrimiento artístico como las expectativas institucionales. El violonchelo de Memi, por el contrario, habla donde el lenguaje falla: sus crescendos y rupturas reflejan el costo psíquico de la excavación.
Visualmente, Lacuna es sobria pero evocadora. Las marcas de tiza se acumulan en el escenario como evidencia forense del pensamiento: palabras, fechas, fragmentos de identidad. Las proyecciones, extraídas del archivo familiar real de Cofone Polack, confieren a la obra una autenticidad inquietante. These are not invented memories but documented ones, blurring the ethical and emotional line between performance and exposure. El giro más convincente de la obra llega tarde, cuando un recuerdo “olvidado” interrumpe la estructura. Lo que inicialmente se lee como un error se revela como el núcleo conceptual: el fragmento que falta no es un evento pasado sino el momento presente mismo. Una transmisión en vivo de la audiencia se convierte en el “recuerdo” final, replanteando toda la experiencia como un acto compartido de testimonio. En este gesto, Cofone Polack colapsa la distancia entre sujeto y observador, proponiendo que la presencia colectiva es su propia forma de recuerdo.

No todos los de Lacuna aterrizan con la misma fuerza. Sus capas metateatrales (actores rompiendo personajes, ensayos que se desarrollan en el escenario) ocasionalmente corren el riesgo de extenderse demasiado. La torpeza deliberada, aunque a menudo efectiva, puede poner a prueba la paciencia del público. Sin embargo, incluso estos momentos parecen alineados temáticamente con la pregunta central de la obra: ¿qué significa construir significado en tiempo real, bajo presión, frente a otros? Lo que persiste después del apagón final no es una resolución ordenada sino una sensación: una mayor conciencia del tiempo, del lenguaje, de los frágiles mecanismos a través de los cuales nos narramos. La invocación que hace Cofone Polack de la “laguna” como cavidad biológica y omisión psicológica es más que un marco intelectual; está visceralmente encarnado en cada pausa, falla y ruptura en el escenario. En última instancia,
Lacuna es menos una obra de teatro que un evento: una excavación vulnerable, a veces caótica, pero innegablemente convincente del proceso artístico. En una era preocupada por la producción y el pulido, Cofone Polack ofrece algo más raro: el espectáculo de la creación misma, incompleta y sin resolver. Y en esa incompletitud, encuentra una especie de verdad.


José Rivera












