Juan Carlos Dumas, Ph.D.*
Posicionan su cuerpo hacia el sol como girasoles humanos. Cierran los ojos y dejan que el abrasador calor del verano haga crujir sus osamentas. Alguno intenta continuar su lectura solo para sucumbir minutos después a la hipnótica llamada de Morfeo. Atrás quedaron los problemas cotidianos, las cuentas, las aprehensiones, los horrores que entregan las noticias en inclementes borbotones que inundan el cerebro hasta la saturación. Duermen en la inconsciencia deseos, proyecciones, y hasta las fantasías más bizarras se hunden en la arena tibia junto a los pasos furtivos de algún caminante todavía no atrapado por este breve laissez-faire, por esta somnolencia letárgica que invade, silenciosa y persistente, las playas y riberas de medio planeta.
Turistas bronceados cual dioses aztecas, pero sin la brutalidad demencial de la extirpación de corazones que demandaba el dios Huitzilopochtli a los mexicas, cuando por siglos la sangre de doncellas, niños, guerreros vencidos y esclavos de toda la Mesoamérica precolombina se chorreaba desde lo alto de los templos sagrados que hoy visitan millones de turistas, impresionados todos por su belleza y por la crueldad de tales hecatombes.
Los sacerdotes cortaban el abdomen de sus víctimas debajo de la caja torácica con gran precisión y velocidad, usando un afilado cuchillo de pedernal o jade para ofrendarlo al dios y así garantizar el equilibrio del universo y del ciclo solar al que admiraban con pasión criminal. Ya sin corazón, el centro energético del ser humano según sus creencias, lo que quedaba de esos cuerpos inútiles era arrojado escaleras abajo como quien tira un trapo, formando una pila de cadáveres tan nutrida que hubiera aterrorizado al mismísimo Hieronymus Bosch y hecho temblar a H.P. Lovecraft. Mientras tanto, los ritualistas atesoraban los corazones arrancados en el Cuauhxicalli, en recipiente de águila donde los dioses iban a alimentarse. Y no solo Huitzilopochtli sino también Tláloc, Tezcatlipoca, y el dios del fuego, Xiuhtecuhtli, todos gustosos beneficiarios de tales carnicerías.
Los historiadores creen que al menos 18 ceremonias rituales se llevaban a cabo en los templos de Tenochtitlán, la capital del imperio, esto es, una por cada mes del calendario azteca. Calculan que totalizaban entre 100.000 y 250.000 víctimas en todo el territorio mexica y en su triple alianza con otras dos cuidades-estado igualmente sanguinarias: Texcoco y Tlacopan. La reconsagración del Templo Mayor en el año 1487 fue seguramente un espectáculo que ningún Circo Romano hubiese podido igualar: 80.000 víctimas del acto ritual que pretendía asegurar el dominio de la nación azteca y el éxito de su nuevo jerarca, Ahuízotl, quien sucedió a su hermano mayor, Tizoc, luego de que éste fuera probablemente envenenado para que su más aguerrido hermano se hiciera cargo de la confederación, dado el escaso éxito militar de aquél…
Todavía no sabían los generales y la aristocracia mexica que otra gran tormenta se aproximaba y que, esta vez, iba a destruir casi por completo sus sociedades y su cultura: Hernán Cortés arribaba a la fabulosa capital en 1519 con unos pocos soldados, pero en alianza con docenas de grupos tan esclavizados y maltratados por los mexicas que no dudaron en sumarse a las filas del igualmente brutal conquistador español y hacerse de la capital en 1521. Fenómeno similar a la caída del Imperio Romano en el año 476, cuando otros pueblos subyugados por Roma se aliaron a los llamados “bárbaros” ya que, al final del día, las tribus germánicas eran menos salvajes y más respetuosas de su libertad y costumbres que las hordas del ejército romano y sus feroces gobernantes.
Aquí, en las playas del Hemisferio Sur, las víctimas del ritual solar caen adormecidas a mi alrededor, sin sangre ni gritos de terror en la pira de la intrascendencia, una a una cayendo en los brazos de Morfeo, aquel dios griego hijo de Hipnos, dedicado a traer los sueños a los mortales y darle forma humana a sus visiones, además de regalarles importantes advertencias y profecías que venían del Inframundo –el Erebo–, la oscuridad surgida del caos al comienzo del tiempo, allí donde fluye el Leteo, el río del olvido, versión fantasiosa y amable del más crudo Alzheimer de hoy en día.
Morfeo, deidad menor, no recibía ofrendas, menos aún las tan sanguinarias de la Mesoamérica del siglo XV, sino su padre Hipnos, a quien los griegos ofrendaban dulces vinos, leche con miel, incienso, y el más poderoso de todos los sedantes, la amapola, la divina y maldita papaver somniferum, planta de donde sale la morfina, la heroína, el opio y otros productos que adormecen a la Humanidad y eventualmente la hacen olvidar las masacres antiguas tanto como de las bestiales hecatombes que realizan hoy en día, ametralladora y bomba en mano, los modernos hijos de Huitzilopochtli.
N.B.: Entre la lectura tradicional de la Historia, usualmente escrita por los vencedores, y un revisionismo a veces “pasado de vueltas”, los hechos históricos deben analizarse desde todo ángulo posible y entender que todos los protagonistas a quienes alguna vez consideramos “patriotas”, “libertadores”, o “héroes” han tenido esa mezcla de virtudes y falencias que caracterizan a toda la especie humana. Por ello, creo que en lugar de destruir monumentos y estatuas troglodíticamente, podemos agregar carteles o notas explicativas cerca de sus pedestales, de modo que reflejen su humana dualidad –y hasta sus bellacos crímenes– con datos y cifras esclarecedoras.
*Juan Carlos Dumas es psicoterapeuta, escritor y educador público. Consultor en Salud Mental para la Secretaría de Salud y Servicios Humanos, preside el Comité de Asesoramiento en Salud de North Manhattan y el Centro Hispano de Salud Mental en Queens.



Juan Carlos Dumas, Ph.D.*












