por Juan Carlos Dumas, PhD*
Los instrumentos de expresión comunicativa a que pueden reducirse sus movimientos carecerían de sentido apartados del mundo societario que envuelve las pugnas futbolísticas, pues éstas constituyen un intento de retorno al lenguaje primero, directo y ancestral. El permanente bucear por el logro de una mayor autenticidad reclama habilidad y fuerza. Se dice que el fútbol era un juego, preferentemente de astucia y finezas, y el fútbol empresa, impuesto por la quemante necesidad de resultados económico-financieros, es vigor malintencionado.
Miguel Herrera Figueroa, cofundador y rector de la Universidad Argentina John F. Kennedy, psicólogo social, sociólogo, y catedrático. Expresidente de la Sociedad Argentina de Psicología Social y exvicepresidente de la Sociedad Argentina de Psicología y de la Sociedad Argentina de Sociología. Extracto de su ensayo: “Sociología del espectáculo.”
Es casi por todos conocidos el hecho de que los romanos eran, por decirlo así, los chinos de la Antigüedad: copiaron un sinnúmero de cosas de sus antecesores históricos, fenicios, etruscos y griegos, para luego transformar y multiplicar las habilidades y recursos por ellos adquiridos, logrando así un mérito propio. También es probable que los lectores sepan, o al menos coincidan conmigo en el hecho de que el carácter romano es en varios aspectos más intenso que el griego, lo cual ya es mucho decir. Los romanos transformaron la festividad griega en una bacanal sin límites; la discreta promiscuidad helénica dio pie a una panoplia de conductas rayanas en lo aberrante, particularmente en materia sexual, misma que disfrutaba la comunidad romana, en especial la más pudiente y poderosa, sin prurito moral alguno, al punto tal que, a diferencia del culto griego antiguo, donde se convocaba a una prostituta a celebrar con intimidad y discreción alguna fiesta religiosa, como era la famosa convocatoria en el nombre de Afrodita, los romanos eran amigos de orgías de varios días de duración y de intercambios sexuales en público, como quien comparte un vaso de vino o una pata de pollo, y las barbaridades de Calígula (peor aún, la patología sexual aberrante y criminalidad de su tío, el horrendo emperador Tiberio), no tienen hasta donde yo sé parangón en la Grecia Antigua.
Pero debo admitir que hasta que tuve la oportunidad de visitar en Taormina, Sicilia, el Teatro Antico Greco-Romano, no me di cuenta plena de la diferencia abismal entre estas dos grandes culturas de la Antigüedad. Recordemos que el teatro, como forma de expresión cultural, nació en Grecia, específicamente en Atenas en el siglo VI a.C., con el propósito fundamental de hacer participar a la población de experiencias espirituales: el primer teatro consistía solo en cantos corales religiosos, seguidos por la aparición de actores que utilizaban máscaras para aumentar la sonoridad de sus narraciones, en principio, en honor a Dioniso, el Baco Romano, dios de la fertilidad y el éxtasis. Creían los griegos que una vez que el actor se ponía la máscara la deidad representada, ésta entraba en él, como una suerte de posesión que hoy en día calificaríamos de histérica. En todo caso, la participación en la actividad teatral griega era un deber cívico y moral. La concurrencia a las obras teatrales, especialmente a los dramas relacionados con sus dioses y su vínculo con los mortales, pretendía un efecto catártico; los espectadores aumentaban su nivel de reflexión acerca de la temática humana y potenciaban su grado de afinidad y compasión, bases fundacionales de la civilidad.
¡Qué distante todo esto del bestial Circo Romano! El teatro al que me referí antes, el de Taormina, sufrió bajo el Imperio Romano una expansión edilicia importantísima, pasando de 5.000 a 10.000 espectadores, pero lo increíble, lo difícil de digerir, lo mórbidamente espectacular fue el cambio de rumbo del propósito de la actividad circense: la gente asistía al Circo en las distintas arenas del Imperio para que sintieran toda la fortaleza de Roma y compartieran los valores de virilidad y dominancia por los que creían que su Imperio era indomable y exitoso. Participaban de los mortales juegos de la Arena romana, por una parte, los gladiadores que luchaban entre ellos o con animales de toda índole –elefantes, leones, hienas, panteras y rinocerontes, entre otros–, usualmente hasta morir, de allí el famoso saludo gladiador: Ave, Imperator, murituri te salutant.” Los gladiadores eran caros para sus dueños, ya que no solamente debían comprarlos en subastas públicas a veces muy acaloradas, sino también debido al costo de su entrenamiento. Pero también eran convocados a tan perverso espectáculo “los desechables”: prisioneros de guerra, esclavos que habían intentado escapar o rebelarse, y los damnati a morte, criminales que ya tenían sentencia de muerte y a quienes se les ofrecía la posibilidad de morir en el circo para entretenimiento del público y, muy rara vez, si alguno demostraba un valor extraordinario y grandes habilidades de combate, lograba el pobre hombre ganar su libertad y hasta una buena suma de dinero, ya que para el Imperio la fortaleza y la combatividad eran valores esenciales para el sostenimiento de su poder.
A algún ingeniero se le ocurrió combinar la arena y la cal del espacio circense con piezas de cerámica cocida triturada, lo cual creaba una capa impermeable, es decir, un piso hidráulico a partir del cual comenzaron a exhibirse fabulosas y cruentas batallas navales, inundando el espacio de la Arena. Nuevamente, el propósito era recordar las hazañas de Roma, por lo que repetían con naves de mucho menor tamaño y sin calado, sino de piso liso y sin quilla, los combates navales, sobre todo con su archienemigo, Cartago. A veces los técnicos del Circo usaban pequeñas catapultas en torno al círculo de combate para lanzar piedras y proyectiles incendiarios, entusiasmando así a la insensible ciudadanía. Al final del día, el combatiente que no perecía en la lucha moría quemado o ahogado, ya que, al caer al agua desde las naves, el peso de las armaduras de hierro no le permitía mantenerse a flote. En otras palabras, una imagen diabólica que muy pocos romanos criticaban. Excepción entre ellos, el gran filósofo Séneca, nacido en Córdoba, la España bética, quien había sido instructor y consejero del emperador Nerón a comienzos de su gobierno de la urbe. A medida que Nerón se deteriora psíquicamente y su paranoia se hace extrema, al enterarse de un complot contra su vida –aunque afirman historiadores como Tito Livio y Cicerón que no había clara evidencia de que el filósofo estoico estuviera comprometido con el intento de magnicidio– Nerón le ordena matarse. Viejo y aparentemente con muy baja presión arterial, Séneca hace lo que tantos en la Roma Antigua y se corta las venas de los brazos y las muñecas, pero infructuosamente. Prosigue cortándose las venas de los pies sin mayor éxito hasta que le pide a su médico personal que le dé cicuta para acabar de morir, como lo había hecho años ha otro gran filósofo, el griego Sócrates. La cicuta no tiene mayor efecto en Séneca y finalmente ubican a este gran hombre en una sauna con altísimo calor y humedad y así termina asfixiado.
Qué distantes los días del uso del teatro griego con propósitos religiosos, morales y catárticos comparados con esta explosión de violencia que aplaudía la mayoría del pueblo romano porque alimentaba sus valores, no los de la compasión y la empatía, sino los de la fortaleza y el “honor” con una violencia tan horrenda solo comparable a los del Imperio Azteca, particularmente dentro de la cultura mexica de la cual he hablado en otra nota. Por eso la mayoría de los historiadores coinciden en que la caída del Imperio Romano de Occidente en el año 476 ocurrió fundamentalmente porque una multitud de pueblos aliados o sometidos a Roma se dieron cuenta que los así llamados “bárbaros” tenían más humanidad y sentido de justicia que los romanos, como también pasó con los pueblos sublevados del Imperio Azteca, esenciales aliados a Hernán Cortés en la conquista española de México en el siglo XVI.
Está claro, desde una óptica psicológica, que niños y jóvenes crecidos en ambientes donde se glorifica la violencia y la agresión difícilmente encuentran caminos alternativos, llámese la asistencia asidua al Circo Romano, la docena de horas que malgastan millones de jóvenes jugando a matar o a delinquir en sus nefastos videojuegos, o el mal ejemplo que aprende el público de los horrendos juegos de poder que tienen al mundo en incesantes crisis. Y volviendo al fútbol, en este amplio circuito de la Historia que me he permitido, insto a espectadores, fanáticos y participantes de éste, el deporte más popular del planeta, a aunar fuerzas para no permitirle a nadie, ni a ciertas hinchadas, ni a algunos dirigentes, ni hasta algunos jugadores, a mancillar el deporte con predicamentos raciales o violencias fatuas que lo matan como la cicuta a aquellos pobres filósofos e la Antigüedad. Alentemos un fútbol de catarsis, un fútbol de espectáculo a la griega, no uno de arrebato imperial desmedido. Impidamos que, así como ocurre en casi toda industria humana, desde el arte hasta la política, lo que bien llamaba Herrera Figueroa “el fútbol empresa” y su “vigor malintencionado” no termine asfixiando tan bello deporte y brindando un innoble modelo a nuestras juventudes.
*Juan Carlos Dumas es psicoterapeuta, escritor y educador público. Consultor en Salud Mental para la Secretaría de Salud y Servicios Humanos, preside el Comité de Asesoramiento en Salud de North Manhattan y el Centro Hispano de Salud Mental en Queens.



por Juan Carlos Dumas, PhD*












