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PERIPLOS MORTALES


Por Juan Carlos Dumas, Ph.D.*

El mejor remedio es hacerse baños con jabón de lavar mezclado con unas gotas de detergente… No, es mucho más efectivo tomar cada día una cucharadita de kerosene, en ayunas… Yo escuché que lo mejor es la lavandina pura… Escuché decir a un “influencer” que la mejor defensa contra esto es hacer batidos de brócoli, zanahoria y licor, mucho licor…

Quizás, mientras escribo esto, en algunos medios de comunicación, mejor dicho de desinformación, se estén promocionando terapias similares a estas, desde las más inocuas hasta la más bizarras y peligrosas, para enfrentar una epidemia de hantavirus que podría manifestarse en este y otros países a partir de la penosa situación vivida por el buque de bandera holandesa que hacía su periplo desde la ciudad más austral del mundo, Ushuaia, hacia diversas islas del Atlántico en busca de aves y fauna exótica que moran lejos de las costas en el inmenso océano.

También han aparecido voces que se defienden de posibles errores o mala práctica en materias de salud pública, o quiénes que le pasan “la papa caliente” al vecino, sea Argentina o Chile en este caso, sean los responsables de la higiene del navío o de los lugares que la pareja que aparentemente fue la generadora de tanta desazón, ya desafortunadamente fallecida, hayan visitado con anterioridad a su embarque. Diversos centros de investigación, tanto en la Argentina como en Europa y los Estados Unidos, siguen tratando de localizar los orígenes de este nuevo brote de hantavirus aparentemente surgido por el contacto con unas pequeñas ratas que lo han estado transportando por décadas, particularmente la virulenta especie de los Andes, cuya velocidad es desgraciadamente más poderosa que la de otros virus. Argentina en particular, registra periódicamente casos de hantavirus desde hace por lo menos 30 años. Los científicos están analizando la secuencia viral de los pasajeros infectados, de modo de reconstruir los pasos que llevaron a esta dificilísima emergencia. La especie andina del hantavirus puede ser transmitida de humano a humano y por ese motivo conlleva un más alto riesgo que otros virus; de allí la reticencia de los gobiernos de recibir y alojar a las pobres víctimas contagiadas en el navío en cuestión, donde el periplo se transformara súbitamente de placentero a trágico.

Como profesional en salud mental, particularmente me interesan, más que los datos específicos de esta emergencia médica, las reacciones psicológicas producidas por ella: antes de hacer el mea culpa se intenta, como en la vida de todos en la convivencia cotidiana, pasarle “la papa caliente” al otro, añejo mecanismo de supervivencia, que, en primera instancia, nos libra del dolor de la culpa y, en todo caso, de la responsabilidad moral o penal de admitirla. “La culpa la tiene el otro”, aunque moralmente deleznable, forma parte del arsenal de supervivencia de los seres humanos. Aunque, al final del camino, sólo sirve para demorar las soluciones que hagan falta para resolver el problema, caiga quien caiga.

La otra cosa que debería resultarnos aún más preocupante en la actualidad es que, desde aquella infame pandemia de COVID-19 del año 2020, es decir, apenas seis años atrás, y que produjera cataclísmicos daños en lo económico y psicológico, la sociedad, y específicamente los gobiernos, han pasado de un pavor medieval a una desatención peligrosísima para nuestra especie. Un gran amigo, siempre preocupado por el posible riesgo de una debacle nuclear –mismo que comparto desde hace más de 40 años, tal y como lo escribiera en mi primer libro, Enigmas de la Odisea Humana–, expresa su sobresalto ante el fenómeno que hoy se llama hantavirus, ayer se llamó COVID-19 y quién sabe cuál será el nombre de la próxima pandemia que nos vuelva a dejar de rodillas. Los dirigentes y los gobiernos siguen invirtiendo irrecuperable tiempo y dineros billonarios en guerras –siempre altamente productivas para quienes fabrican armas e inteligencia de combate–, planean viajes completamente innecesarios a la Luna, Marte, o hasta donde les den esos sueños fútiles a la Julio Verne, pero no han tomado el toro por las astas para multiplicar y masivamente las inversiones en investigación, ciencia y medicina, que son las únicas que nos salvarán llegada la hora de una nueva Peste Negra.

Como el común de la gente presta atención, y razonablemente, a sus necesidades cotidianas, al precio del combustible o del pan, a los temas de su familia y de su barrio, su preocupación no está llegando a las esferas del poder político y económico para demandar (es decir, reclamar y acusar legalmente) un cambio de presupuestos que se hace impostergable si es que vamos a sobrevivir como especie en los próximos lustros, ¡no centurias, lustros!

Sabrá usted posiblemente que la ciudad de Buenos Aires sufrió un triple knock-out luego de tres sucesivas epidemias a finales del siglo XIX: la del cólera en 1867, la de la fiebre tifoidea en 1869 y la de la fiebre amarilla en 1871, misma que barrió casi con el 10% de la población de la ciudad, alrededor de 17,000 personas sobre un total de 178,000. El gobierno nacional, dirigido a la sazón por Domingo Faustino Sarmiento, se mudó de inmediato con su comitiva mayor a la ciudad de Mercedes en la provincia de Buenos Aires, para refugiarse y sobrevivir a esta tremenda epidemia, dejando a cargo un grupo de valientes médicos para hacerle frente a la terrible enfermedad, creando la llamada “Comisión Popular” en donde resaltaron los nombres de médicos-héroes como el doctor Manuel Argerich y el doctor Francisco Muñiz, quienes terminaron muriendo al asistir a los desesperados pacientes hasta el final, como también el doctor Tomás Liberato Perón, el abuelo paterno de quien más tarde sería tres veces presidente de la Argentina.

También la mortal emergencia llevó a la construcción urgente, en 14 días apenas, de una trocha de ferrocarril que iba del centro de la ciudad por seis quilómetros hacia lo que terminó siendo el cementerio más grande de Argentina, el de La Chacarita. Los cadáveres eran transportados en vagones acarreados por la famosa locomotora La Porteña –la misma que había inaugurado el sistema ferroviario argentino en 1857– y en el último, un vagón cerrado donde familiares y deudos llegaban a darle un saludo final a sus muertos en el novel cementerio. Hubo reconstrucción de barrios, salida de los más pudientes y los ricos de los barrios más contaminados como La Boca, Monserrat y San Telmo hacia espacios nuevos y de ‘mejor aire’ como Belgrano, la Recoleta, Palermo y Barrio Norte, cambiando así abruptamente la fisonomía de la cuidad.

Tampoco la pasaron bien muchos inmigrantes, en particular italianos, españoles, polacos y judíos europeos que vivían en condiciones de hacinamiento en aquellos ‘conventillos’ (más de 1.500 en la época), ya que recién se estaban ubicando en el joven país y carecían de medios económicos para vivir de mejor manera. Hubo vecinos enardecidos que le pasaron la cuenta a estas familias pobres, obligándolos violentamente a salir de los conventillos, propinándoles golpizas, acuchillándolos, destruyendo sus pocos muebles, incendiando sus caseríos y sus ropas, en fin, un capítulo desgraciado doblemente por la epidemia y por aquello que indicaba antes de la transferencia de culpa hacia terceras personas, si son indefensas mejor…

Se cuentan por docenas las películas que en los últimos 40 años especulan con escenarios apocalípticos acerca del fin de la especie humana. Aunque usan distintos argumentos para ello, sean de origen viral o no, terráqueos o extraplanetarios, accidentales o provocados, el común denominador en dichos argumentos es el desespero y la agresividad potenciada de la gente ante estas graves emergencias. Nuestras comunidades deberían instar a los funcionarios y dirigentes en todos los niveles a prestarle muchísima más atención (¡y dineros!) a estos temas que hacen a la salud pública, muy especialmente en estos momentos en donde individuos (¡ninguno de ellos científicos ni médicos clínicos!) que antagonizan con la ciencia, la biología, la ética y el sentido común, que suprimen la investigación científica y promocionan curas tan absurdas como las que mencionara al principio de mi nota, nos gobiernan tan descarada y peligrosamente.

*Juan Carlos Dumas es psicoterapeuta, escritor y educador público. Consultor en Salud Mental para la Secretaría de Salud y Servicios Humanos, preside el Centro Hispano de Salud Mental en Queens, y fue presidente del Comité de Asesoramiento en Salud de North Manhattan por dos décadas.