por Juan Carlos Dumas, Ph.D.*

Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo.
Ludwig Wittgenstein (1889-1950).

El brillante filósofo, matemático y lingüista austro-británico Ludwig Wittgenstein, discípulo del genial Sir Bertrand Russell, postulaba que no le es posible al ser humano conceptualizar cosas y razonar sobre aquello que no puede nombrar. Ya decían algunas tribus de los pueblos originarios de Norteamérica que “lo que no tiene nombre no existe”. Así opinaban también grandes filósofos como Michelle Foucault y George Steiner, el franco-norteamericano que sugería que, ante la magnitud de la crueldad humana, el silencio era la única respuesta honesta posible. Su relativismo lingüístico significa que la palabra no es sólo una etiqueta que se da a las cosas sino una fuerza vital; en otras palabras, nombrar algo es crearlo. La extinción de lenguas indígenas implica, así, la extinción de su cultura, su arte, su identidad, y hasta su misma existencia. En la cultura guaraní, la palabra es una porción del alma al igual que en la egipcia, donde el Ren o nombre, es uno de los cinco componentes del alma humana. Creían los antiguos egipcios que en tanto el nombre de un fallecido se siguiera pronunciando o leyendo, la persona seguía existiendo en el Aaru, el paraíso. De allí que los antiguos tenían terror a la llamada “segunda muerte” o damnatio memoriae, la supresión de su nombre, porque se consideraba que ella era la muerte definitiva e irrevocable de ese ser.

De allí la importancia de darle un nombre a las cosas y a las personas, trayéndolas a la existencia, aunque incontables veces utilizamos vocablos y expresiones parcializadas, erróneas si no maliciosamente distorsionadas. El desastre de Bhopal, por ejemplo, con la fuga de 40 toneladas de gas letal, aclaraban enfáticamente los afligidos hindúes tras la explosión de la planta química que provocara entre 15 y 25.000 muertos y más de 500.000 víctimas con afecciones crónicas respiratorias y neurológicas, ceguera y malformaciones congénitas, debía llamarse más bien “el desastre de Union Carbide” –la compañía responsable de la peor catástrofe industrial de las historia humana– revirtiendo justicieramente culpas desde las víctimas hacia los generadores de aquella hecatombe en 1984.

Hace pocas semanas, el Museo Británico de Londres acaba de borrar la palabra “Palestina” de su exposición sobre el Medio Oriente, argumentando que ésta no existía en la época asociada con dicha muestra, aunque por todos es sabido que el golpe bajo no fue sino un patético intento acomodaticio en favor del actual clima político. Similarmente, centurias ha, el nombre del primer faraón egipcio monoteísta, Akenatón (o Amenofis IV) de la XVIII dinastía y esposo de la “Gran Esposa Real” Nefertiti, fue condenado al olvido por siglos toda vez que su hombre fue borrado, cincel en mano, de cuanto monumento lo mencionaba.

El hombre que aparentemente decidió deshacerse –y literalmente deshacer– al periodista saudí y residente legal norteamericano, Jamal Khashoggi, opositor a las demencial y retrógrada jerarquía de Arabia Saudita, Mohamed bin Salman, logra que los medios de comunicación escriban su nombre con el acrónimo M.B.S., como haciéndolo más familiar y “cool” ante una opinión pública que siempre peca por una falta de memoria rayana en inmoral. Otro déspota moderno, Vladimir Putin, responsable primario de una guerra atroz que ya lleva tres años y ha herido casi mortalmente a Ucrania y descompuesto la siempre frágil unidad europea, utiliza la expresión “operación especial” para disfrazar lo que en realidad es una guerra absurda –como casi todas– y a quien su buen amigo imita al describir la inusitada guerra contra Irán “una excursión”, como si estuviéramos haciendo un picnic familiar o como aquella famosa y pacífica “Excursión a los Indios Ranqueles” que relatara magistralmente en 1870 el entonces coronel Lucio V. Mansilla, sobrino de don Juan Manuel de Rosas, en las tolderías de La Pampa, para ratificar un tratado de paz con los caciques Ranqueles descendientes de la antigua fusión de Mapuches y Tehuelches.

Muchos argentinos recuerdan aun la expresión “grupo de tareas”, misma que no se refería a un conjunto de estudiantes que se iban a reunir para estudiar o hacer un proyecto escolar, sino que definía de manera sórdida y nebulosa a una serie de rufianes, militares y civiles, instruidos en el arte del asesinato y de la desaparición del prójimo durante la sí bien bautizada “guerra sucia”. Mismo esfuerzo continuo por rebautizar a las Islas Malvinas como Falkland Islands en cuanto mapa, documento y libro pueden meter la cuchara los ingleses.

Como he comentado en notas anteriores acerca de la dura existencia humana durante el paleolítico y el neolítico, las emergencias de sobrevivir y el pequeño tamaño de los clanes de entre 20 y 40 personas hacía prácticamente imposible el mentir, verbo que además muchas naciones indígenas desconocían, poniendo fácilmente en evidencia a los transgresores de su palabra. Por siglos, el “te doy mi palabra” era una declaración más que suficiente para establecer compromisos y obligaciones entre las partes sin necesidad de documentos, firmas, notarizaciones o cualquier otra parafernalia de la cual se nutren hoy abogados, notarios y escribanos.

Los 8.000 millones que participan hoy de la vida planetaria, sumados al anonimato de las grandes ciudades y a las a menudo indetectables mondaduras de la verdad por manipulaciones tecnológicas, han desprovisto a la palabra de su potencia y significación de antaño y han hecho del silencio un bálsamo difícil de encontrar. Por eso hoy podemos mentir descaradamente sin temor a que un compañero de clan nos parta el cráneo con su garrote o de ser expulsados del grupo en una excomunica que bien podía haber significado la muerte en la Prehistoria. Por eso podemos distorsionar tanto el discurso en este siglo XXI al punto de que criminales, torturadores, pederastas y pedófilos tienen la insolencia de estar en el ápex de la política, la economía, la cultura y la vida social sin que se les caiga la cara de vergüenza o alguien se la rompa.

Volviendo a Wittgenstein, al filósofo le tocó asistir a la escuela secundaria de Linz, el Realschule Bundesrealgymnasium donde estudió también Adolfo Hitler, ambos apareciendo junto a otros alumnos y profesores en una foto grupal de 1901: aquél, un filósofo que renunció a la fabulosa herencia de su padre industrialista para dedicarse a la búsqueda de la verdad a través del razonamiento intelectual; éste, el hipnotizador de un pueblo cuyos ecos se vuelven a escuchar en varios sectores políticos de este descompuesto mundo nuestro, ofreciendo soluciones mesiánicas que, se lo aseguro, terminarán en la misma debacle que aquella aplastada Alemania de 1945.

*Juan Carlos Dumas es psicoterapeuta, escritor y educador público. Consultor en Salud Mental para la Secretaría de Salud y Servicios Humanos, preside el Comité de Asesoramiento en Salud de North Manhattan y el Centro Hispano de Salud Mental en Queens.