Por Juan Carlos Dumas*

Ve, pensamiento, sobre alas doradas, pósate sobre colinas y laderas donde exhalan suaves y tibias fragancias las dulces brisas de la tierra natal. Saluda las riberas del Jordán, las torres derribadas de Sion. ¡Oh, mi patria, tan bella y perdida! ¡Oh, recuerdo, tan querido y fatal!

El coro “Va, pensiero” de la monumental ópera de Giuseppe Verdi, Nabucco, cantada por los judíos esclavos sometidos por aquel villano rey de Babilonia, Nabucodonosor, en el año 587 a.C., fue y sigue siendo un clamor en defensa y reclamo de la libertad, no sólo de una nación extranjera, pero también de los abusos y atropellos de cualquier jerarca o líder. De hecho, se asocia el tema de Verdi con la rebelión de los patriotas italianos durante el Risorgimiento. La ópera, estrenada el 9 de marzo de 1842 en la Scala de Milán, con libreto de Temistocle Solera basado en la obra homónima de Auguste Anicet- Burgeois y Francis Cornue de 1836, se convirtió espontáneamente en el himno clandestino de los patriotas que luchaban contra la ocupación austriaca, discretamente utilizando también las siglas “V.E.R.D.I.” para referirse a Vittorio Emmanuelle, Re d’Italia, a quien querían en el trono después de años de batallar.

La encarnizada revolución culminó con la toma de Roma en 1870, cuando, por primera vez después de 13 centurias, la península quedó unificada bajo una sola corona, asistida por el infatigable guerrillear de Giuseppe Garibaldi y sus valientes camisas rojas. Tuvieron que pasar 1394 años para que el pueblo viese una Italia unida, ya que, tras la caída del Imperio Romano en el 476 d.C., quedó diezmada, dividida y explotada por diversos actores foráneos –Francia, Austria, España, el Sacro Imperio Romano-Germánico– y poderes internos como los Estados Pontificios y varias ciudades-estado que no querían perder su autonomía.

Desde una óptica psicológica, la ópera Nabucco, la tercera de Verdi y la primera que logró una gran acogida popular, marcó un resurgimiento para este genial compositor romántico de 28 años, luego de dos crudos abucheos que le hicieron dudar de su capacidad creativa –¡imagínese, el autor de La Traviata, Rigoletto, Aída y tantos éxitos operísticos!– e hicieron que el artista sufriera una gran depresión, agravada ésta por la muerte de su primera esposa y de sus dos niños, apenas un par de años antes de su aclamado estreno. Verdi, además de su fama como compositor y director de orquesta, llegó a ser diputado y senador del reino. Aunque el artista murió de un episodio cerebral vascular en 1901, su obra pervive hasta el día de hoy y, asimismo, ese mensaje de lucha, tenacidad y supervivencia ante la adversidad. Nabucco nos recuerda, desde lo político-social, que no hay tirano que dure 100 años, que no hay déspota que no pueda combatirse con la determinación de un Garibaldi y, desde lo personal, que hasta las depresiones más desequilibrantes y los fracasos más rotundos pueden superarse con valor y determinación, como lo hizo el gran maestro.

El celebrado poeta peruano, César Vallejo, tenía ciertamente razón al declamar: “Hay golpes en la vida, tan fuertes. ¡Yo no sé! Golpes como del odio de Dios, como si ante ellos la resaca de todo lo sufrido se empozara en el alma. ¡Yo no sé!” Pero también la tenía otro gran poeta y luchador, el argentino Pedro Palacios, Almafuerte: “No te des por vencido, ni aún vencido; no te sientas esclavo, ni aún esclavo; trémulo de pavor, piénsate bravo y arremete feroz, ya malherido.

Nuestros lastimados pueblos deben recordar a estos grandes artistas y poetas de la vida y encontrar inspiración en ellos para continuar su marcha hacia el risorgimiento. No hay nada, nada que un pueblo no pueda lograr, aunque, en la historia humana, la clave siempre ha estado en la búsqueda de su unidad, esa esquiva precondición sin la cual cualquier independencia, crecimiento o liberación son casi imposibles. Por eso la búsqueda del consenso es la tarea más urgente en la realidad actual de nuestras moralmente sumergidas naciones. Sin él, seguiremos presos de los caprichos de los Nabucco de turno. ¡Oh, mi patria, tan bella y perdida!…