Juan Carlos Dumas*

El trabajo es la herramienta para el desarrollo de la virtud y la fortitud” –Séneca, 4 AC-65 DC.

En una serie de experimentos realizados entre 1927 y 1928 en la planta de Western Electric en Illinois, Estados Unidos, el psicólogo industrial Elton Mayo exploraba métodos para mejorar la productividad de los trabajadores de la planta, en la naciente ciencia de la psicología aplicada a la industria. Una industria a veces cruel que, como denunciaba el brillante joven poeta Evaristo Carriego a finales del siglo XIX en la conventillera Buenos Aires, no tenía consideración alguna por los operarios ni por sus pulmones:

“El taller la enfermó, y así, vencida,
en plena juventud quizás no sabe
de una hermosa esperanza que acaricie
sus largos sufrimientos de incurable”

Aspectos como la iluminación y el ruido ambiental, la secuencia de la línea de producción, la ergonomía o estudio de los movimientos y el tamaño y ubicación de los obreros y sus herramientas eran, sin lugar a dudas, elementos a considerar por los gerentes y supervisores a tal propósito, en aquella época signada por un industrialismo todopoderoso y desbocado y la repetición neurotizante de la línea de producción que tan bien ironizara el gran Charles Chaplin en su icónico film “Tiempos Modernos”. El llamado Efecto Hawthorne fue el regalo impensado de la investigación de Elton Mayo: Además de factores físicos pertinentes al tipo de tarea que realizaban los empleados de la planta, el sentirse observados producía un aumento del rendimiento y cambios conductuales tan positivos como inesperados. Pero el premio mayor del experimento, en mi opinión, fue algo que revolucionó la relación obrero-empleador hasta el día de hoy. Todo sabemos que el empleado que es escuchado, valorado, reconocido de alguna manera por quien le paga el salario, responde con un ánimo de reciprocidad y afiliación a esa compañía o agencia. Dicho otro modo, si yo siento que le importo a mi jefe, que me escucha, estaré más dispuesto a colaborar para mejorar el rendimiento de su compañía y hasta, como se dice popularmente, el operario “se pone la camiseta de la empresa”, trabaja con más responsabilidad, le importa el resultado de lo que hace y propone ideas para incrementar la eficacia y la eficiencia de la producción, como ocurrió en la planta de Western Electric hace casi un siglo.

No digo nada nuevo al comentar que lo opuesto es absolutamente cierto también. El asalariado ignorado, maltratado y, peor aún, explotado, jamás será un aliado de quien sostiene una relación abusiva o displicente con éste. La famosa consigna: “el trabajo es salud” o la bíblica: “el trabajo dignifica, se transforma en: “este trabajo o este jefe me enferman”. La psicología industrial confirma, por ejemplo, el incremento de accidentes de trabajo y errores sucedidos en la producción o la gestión, no como un boicot hacia el empleador, sino como una reacción natural de quien se siente atropellado.

En las antípodas de lo antedicho, el mundo del trabajo y las interacciones humanas que ocurren en él, pueden ser, en efecto, terapéuticas, sanadoras para usar el lexicón actual. No me deja de sorprender la buena onda, la camaradería, la socialización antidepresiva y generadora de bienestar y de un sentido poderoso de pertenencia en muchos ambientes, como por ejemplo en las barberías y peluquerías, en los talleres mecánicos y las fábricas donde laboran todos amistosamente, en los hospitales y las escuelas, en las dependencias públicas o privadas, en fin, en lugares donde el vivir y el convivir encuentran su curso, además de la remuneración económica que les corresponde y que en tantos casos está por debajo de sus méritos y su utilidad social. Las cosas pueden estar difíciles en la vida personal o familiar, y es eventualmente allí, en el ámbito del trabajo, donde la persona se dis-trae de sus problemáticas, encuentra su círculo de pertenencia y se siente reconocida y aceptada como ser humano por sus compañeros.

Por supuesto que hay ambientes laborales tóxicos, no por el humo de fábrica asesina del que hablaba el trágico poeta argentino hace un siglo, sino por la presencia de personas, generalmente unas pocas, que lejos de priorizar la convivencia intoxican el ambiente con sus patologías: el que ofende gratuitamente, la que miente maliciosamente, el prepotente, la que genera rumores, el envidioso, en suma, una panoplia de conductas que se nutren del conflicto y del hacer sufrir a los demás como si fuese su deporte favorito. Pero, insisto, son una pequeña minoría que el buen jefe, la supervisora justa, el dueño de empresa inteligente, la administradora equitativa, sabrán acotar. Muchísimas personas se nutren emocionalmente de estas sanas interacciones laborales, mismas que a veces compensan los vacíos, dolores y conflictos en sus vidas familiares y personales y a las que su ambiente de trabajo reconforta y anima. Ya lo decía el padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, para quien la capacidad de trabajar y de amar eran los pilares fundacionales de la salud psíquica, la autoestima, y el desarrollo madurativo. Y al revés: la falta de trabajo y el desamor, enferman.

*Juan Carlos Dumas es psicoterapeuta, escritor y educador público. Consultor en Salud Mental para la Secretaría de Salud y Servicios Humanos, miembro del Comité de Asesoramiento en Salud de Manhattan Norte y director del Centro Hispano de Salud Mental en Queens, NYC.