Michelangelo Tarditti
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Ya he comentado, en el precedente artículo, (primer round), las cualidades del teatro en la capital argentina, que hacen que sea una de las capitales más ricas del mundo en cuanto al arte escénico, en particular lo que brinda el llamado “off”.

En estos días, por ejemplo, podemos apreciar el talento de un creador ítalo-argentino, Cèsar Brie, quien tiene en escena dos magníficos espectáculos: “¿ME DECIS DE MAÑANA?” y “EL PARAISO PERDIDO”, ambos escritos y dirigidos por él mismo, con temáticas y formas absolutamente originales.

El primero, con solo dos personajes femeninos, y un único ámbito: un baño. Allí el universo femenino se desnudará no solo en su aspecto externo, mientras el espectador espiará como desde el agujero de la puerta, silencioso y cuidadoso de no violar esa privacidad de confidencias.

El segundo trabajo, cuenta con diez jóvenes actores, que, bailan, hacen acrobacia, corren, saltan, y encantan con su frescura. Narran jirones de vidas, con felicidades y dolores del pasado, y donde la atemporalidad de la edad en los roles, permite los cambios y las roturas de las convenciones temporales.

Cesar Brie, describe, en los dos casos, atmósferas muy diversas y ricas, que dan profundidad a sus propuestas. Pero lo que más me asombra, cada vez, es su inagotable capacidad para manejar las “formas”

Su imaginación es de recursos sorprendentes por lo variados, inacabables modos estéticos y de imágenes muy bellas y originales. Podría decir que la forma, como en el mundo de la escuela Gestalt, interactúa con el contenido, en un resultado movilizador.

Los actores y actrices funcionan holísticamente, en espacios a veces determinados (un baño), o no tan determinados (un patio en el segundo ejemplo), y donde Brie, no ceja de sorprendernos con sus infinitas multiformas.

Estética, contenido y rigor expresivo, son sus leyes, con las que narra historias, a partir de su particular modo. Un placer no exento de dolores.

Otra experiencia de no perder, y de tonalidades muy diversas, la encontramos en
“EL NOMBRE” y en “EL ULTIMO ESPECTADOR”.

El primero de Griselda Gambaro y el segundo de Andrés Binetti. Una dualidad de autores brillantes, en otra dualidad de actores geniales: dos actores, solos en escena en cada uno de los dos espectáculos. A distancias considerables en dos diversas salas, de las tantas funcionantes en los espacios dispersos en toda la geografía porteña.

En “El nombre”, la actriz tucumana Silvia Villazur, compone su personaje con una humildad propia de su rol, con una comunicatividad estupenda, con ritmos lentos justificados y permitidos por el excelente trabajo de Laura Yusem, que además permite, a vista de ojos, una transparencia de vida, que corre paralelamente en la calle, con momentos de gran indiferencia y con otros, en cambio, de participación. Transparencia que propicia un espacio de contraste y reflexión, que nos sumerge en la diversidad de posibilidades sociales, que da la vida a la diversidad humana. Muy bello por la hermosa actuación, por la música y por la inteligente puesta en escena.

En la otra punta, entonces, “El último espectador”, con un actor brillante, multifacético, comunicativo y de enorme histrionismo, como es Manuel Vicente. Una pincelada sobre aquellos tiempos de los albores del teatro argentino, donde la competencia era con el circo criollo, y donde una óptica moderna podría, injustamente, dictaminar como “pobre”, pero que, en realidad, por ser base del arte dramático del hoy, es y fue de absoluta “riqueza”. Donde los actores, fueron carenciados de comidas seguramente, de “escuelas sofisticadas”, faltos de métodos de estudio, pero que, en su precariedad llevaban el sello de la pasión, y con ella crearon las bases de un teatro que, hoy, a mi entender, da cátedras de buen teatro en el concierto mundial.

Un aplauso para Cèsar Brie, y sus “chicos y chicas”, para la dupla Gambaro-Yusem y para la excelente Silvia Villazur; para Andrés Binetti, que además de darnos una clara pincelada de nuestras raíces teatrales, convoca a un actor como Manuel Vicente, quien solo en la magia del escenario, nos da una lección magistral de teatro.

Porque todos ellos, todos, sean muy jóvenes o muy maduros en experiencia, enaltecen la escena nacional, la que debe estar orgullosa de ser “primer mundo”, al menos en el arte.

No olvidemos estos jóvenes brillantes, que serán los adultos también brillantes, de nuestro futuro: Vera Dalla Pasqua, Florencia Michalewicz, Micaela Carzino, Sofía Diambra, Sebastián Gui, Iván Hochman, Gabriela Ledo, Ignacio Orrego, Abril Piterbarg, Liza Taylor, y Alejandro Parente.

Las composiciones musicales, impecables, de Cecilia Candia, Pablo Brie.

¡Aplausos al teatro argentine!